domingo, 11 de octubre de 2009

MI CONFRONTACIÓN CON LA DOCENCIA

Inicié dando clases hace como seis años atrás, siendo una chava recién egresada de la carrera. Tenía en ese tiempo 22 años, y mis alumnos no me veían como maestra porque la diferencia generacional entre ellos y yo era de casi cinco años. En pocas palabras, no me gané su respeto, el cual jamás lo obtuve porque eran mis primeros alumnos, mi primera experiencia, mi primer todo. Y mis colegas me dieron apoyo moral pero no estrategias que pudieran ayudarme, sabiendo ellos que mi carrera de base no era la Educación.
Inicialmente estudié la Licenciatura en Humanidades y Filosofía en mi natal Mérida, tengo algunos cursos sobre Filosofìa, otros y muy variados Diplomados, muchos Seminarios, y en total, puedo asegurar que mi currículum es muy extenso en cuanto a formación académica. Pero el hecho de que todos los día me levante, vaya al colegio y dos o tres analfabetos me reten (y me hayan y sigan retando) me ha dado el coraje suficiente para decidir que la Pedagogía es mi vocación.
Con la Docencia tengo una relación de amor posmoderno: amor-odio. No siempre me ha ido bien, los grupos que más he "amado" son los que más me han "odiado". Me explico: hay grupos que me retan porque les doy confianza de acercarse a mí, por la razón humanista de la autoridad basada en el respeto que sólo yo utópicamente defiendo porque ni mis alumnos la aceptan. He visto con tristeza a grupos que cuando se les da la libertad para elegir, se ponen coléricos y casi lloran y piden a gritos que se les dirija como si fueran bestias. Es muy interesante que el alumno mismo respete más al maestro autoritario, que infunde miedo y que dicta y dá órdenes, que a aquel que como yo, les inspira comprensión, paciencia, conmisericordia, libertad. Precisamente los grupos que han sido retos para romper paradigmas, crear conciencia, enseñar, educar, etc.; son lo que más me han apasionado, y eventualmente son con quienes tengo problemas después porque ellos mismos tienen miedo al cambio y se quejan de mí con los administradores escolares.
Quiero aclarar que mi experiencia la he realizado con escuelas privadas destinadas a la alta sociedad, lo que me refuerza la tesis manejada en la película de "El retrato de la Mona Lisa", con Julia Roberts, en donde la maestra queda frustrada ante sus ideas de cambio en una sociedad tan autocomplaciente con el estancamiento del orden de vida. Desde hace año y medio trabajo para el sector público, y veo que los chicos de la escuela pública, al contrario de lo que pasa en la privada, desearían tener un maestro comprometido con su formación, pero los avatares políticos, más la sobrecarga de trabajo que existe para quienes estamos en estos institutos, a veces, vuelve imposible que estos vientos de cambio se puedan dar con quienes más lo necesitan.

LA AVENTURA DE SER DOCENTE

Comienzo este apartado diciendo algo que pudiera ser obvio para ciertas personas: no es fácil ser docente. Primero que nada, para empezar a dar clases hay que saber lo que se va a enseñar, segundo, planear la clase y tercero, tener paciencia.
Una de las cosas que al inicio me inquietaban era el control de grupo y la disciplina. Cuando empecé a dar clases la primera vez, hace poco más de seis años, me conflictué mentalmente acerca de cómo enseñar algo que para mí era muy simple y que con una sola explicación mis alumnos deberían entender. No entendía la importancia y necesidad de la repetición para asegurar y afianzar el conocimiento. Además, me era difícil llamarle la atención a mis alumnos porque no me podía ver a mí misma como autoridad. Siempre he sido defensora de un trato digno, amable, cordial y humano con los demás. Por ello, el levantar la voz, gritarle a alguien, reprobar públicamente, me han sido cosas difíciles, pero necesarias de manejar en el aula. Lamentablemente ese es el papel del maestro: educar. Sé y siempre he sabido que educar va más allá de enseñar. Cuando se educa se desea transformar a la persona y la disciplina es básica para lograrlo. Se sabe que una persona ha sido educada si sabe respetar los silencios y las pautas en una conversación, si toma notas y reconoce la relevancia de una disertación, cuando se expresa sin apasionamientos y con firme deseo de aprender. Pero no me es fácil, ni con seis años de experiencia, lograrlo porque aparte de esta parte formativa está la parte disciplinar. Enseñar y aprender requiere y es de dos involucrados; como en el baile en donde el hombre dirige a la mujer, en el caso de la docencia es el maestro quien da las pautas y el alumno quien le sigue. Y siempre es un reto que en el mejor de los casos uno o dos alumnos reconocen que aprendieron, en los peores casos el reconocimiento al esfuerzo del docente no se valora. De todas maneras cada día comprendo más que para ser un buen docente se requiere de práctica y reflexión sobre el trabajo.

LOS SABERES DE MIS ALUMNOS

En este siglo XXI los alumnos están, así como nosotros, en contacto casi habitual de la tecnología de la que cada vez nos resulta más y más difícil maravillarnos porque nuestra rudimentaria rutina nos impide valorar qué hay detrás de tanta simplicidad. En cada laptop, computadora personal, celular, cámara digital, chip, etc.; confluyen saberes técnicos y científicos cuyo logro no es otra cosa que una victoria de la modernización y educación del individuo quien ha ido del fuego a la nanotecnología a lo largo de un interesante derrotero histórico.
La tecnología cibernética permite que cualquier persona consulte libros sin necesidad de comprarlos, dialogue con personas cuya locación en otro tiempo hubiera sido un impedimento para que se presentara el contacto humano, o tal vez resultara muy costoso. Inclusive, se puede flirtear por el ciberespacio evitando el desgaste del auto o de la cartera. Son muchos y variados los usos que tiene el internet, y lo interesante es que todos por igual resultan valiosos cada vez que alguien sale beneficiado de lo que otros crean, comparten y exponen.
Como señala el pedagogo Jordi Adell, en el ciberespacio no cabe ser egoísta o ambicioso, esta ética hacker favorece que se comparta información sin darle prioridad a los créditos profesionales. Fomenta una cultura de tolerancia y diversidad tan acordes con la realidad que ahora se vive en las calles (o en algunos casos, se debiera vivir), y quizás, y esto es lo más favorable, es que pese a los títulos (teniéndolos o no) cualquiera es un experto en el ciberespacio, lo cual refuerza la autoestima de cada persona.

Lo último le quita primacía al experto erudito como si fuera un bastión de sabiduría y permite que todo individuo competente del manejo del idioma y de la tecnología, sea elevado en calidad de nuevo experto, de hecho tampoco se “eleva” ni nadie está por encima de nadie. La antigua jerarquía verticalista es sustituida por una de tipo horizontal en donde no hay egos ni “vacas sagradas” sólo gente común con deseos de exponer sus variados saberes con quien así lo desee.
Por lo anterior puede resumirse que aprovechando los beneficios tecnológicos y en consonancia con esta ideología de la cooperatividad cibernética, el estudio áulico puede ser complementado en la web a fin de fomentar que los alumnos de forma gradual, apliquen, comenten o simplemente compartan, lo visto en clase.