Hay toda una literatura pedagógica que debo dominar primero antes de hacer una disertación acorde a la altura de lo que estoy comentando, pero las reflexiones me asaltan y las presiones por tener un trabajo al respecto me obligan a dar una introducción bastante precipitada.
Ante todo debo exponer el origen de mi pasión por el diseño curricular. Cuando estudiaba la licenciatura en la San Agustín (hace más de 10 años) mis autoridades siempre lidiaban con tener que hacer ajustes a la malla o mapa curricular porque, como suele suceder en las instituciones pagadas, atendieron a los caprichos del alumnado que exigían conocer más sobre esa hermosa ciencia, disciplina, arte, modo de vida, etcétera, etcétera, que es la Filosofía.
Los dueños de la escuela abrieron la carrera porque pensaron que tenían que educar a la alta élite cultivada de la ciudad de Mérida. Acá en esta tierra se dice que si uno levanta una piedra se topa con un artista porque todos se sienten con autoridad y autoestima suficiente como para escribir barrabasadas y pasarlas por arte, o cantar en las esquinas o en las fiestas patronales y hacerle creer a los demás que pueden competir con los cánones de antaño y los contemporáneos.
Fue en ese ambiente que crearon la licenciatura copiando el plan de estudios del Seminario de Yucatán. El problema fue cuando vieron que la dichosa alta élite cultural y analfabeta, porque no es lo mismo decir que se ama la cultura a tener un grado académico por ello, jamás se presentó a sus aulas, y en cambio sí lo hicieron una bola de inadaptados, donde me incluyo, que tenían profundos resentimientos con la sociedad a la que criticaban basándose en las ideas de Nietzsche y Marx, entre otros. Confieso que me colgué de los pantalones del autor del Manifiesto para dar mi aporte cultural a dicha escuela.
Ante la inesperada respuesta a los dueños no les quedó de otra (y hasta ahora me parece que lo tienen), que establecer un convenio con la UNAM para que la visión de la carrera no fuera tan religiosa, como lo fue en sus inicios. En esos ayeres la misma UADY empezó a coquetear con la idea de levantar la Facultad de Filosofía y Letras en la Península, pero ese plan nunca se concretó y en su lugar pusieron solamente las Letras. De esa manera fue que, al año siguiente de mi estancia en las aulas de la San Agustín, la Facultad de Antropología se dio a la tarea de formar literatos.
¿Qué tiene que ver mi historia con Taba? Parece que nada. Pero mi mente es caprichosa y halla siempre razones para lo irrazonable. A fin de aclararme mejor expondré mis hallazgos sobre la estonia. Taba no era bien querida en su natal Estonia. Yo tampoco soy muy querida en mi natal Yucatán. Ella emigró a Estados Unidos buscando una mejor oportunidad. Yo espero correr una suerte similar... Hilda cursó estudios de doctorado en la Facultad de Filosofía, yo estudié Filosofía... Ya me estoy acercando a mi propósito. Cuando aplicó para un examen en Estonia para tener una cátedra le dijeron "no, gracias", y tuvo que regresar a Estados Unidos para esperar su gran oportunidad. En este caso yo he tenido tantos portazos, que si mi nariz hablara diría qué tan lisas han sido las puertas.
Sin embargo, más allá de los aspectos superficiales, a Taba le interesó algo que a mí misma me llamó la atención en su momento. ¿Por qué la San Agustín abrió una carrera, como después hizo la UADY y ahora muchas particulares que imparten "cátedras"de la Licenciatura en Gastronomía; sobre una disciplina que no es vista como relevante para el acontecer cultural, laboral y económico de la entidad?
Taba aseveró que la justificación para elaborar un plan de estudios tenía que provenir de las necesidades sociales. Con esto en mente, no veo las razones por las cuales se abren plazas para docentes en carreras como diseño de interiores, imagenología estética... No diré que no sean necesarias, pero la justificación en razones de pertinencia, que es la palabra de moda desde que la UNESCO la introdujo en los 90's, es la que debe prevalecer sobre cualquier otro motivo que peque de sibaritismo.
En este sentido, las condiciones materiales son las relevantes sobre cualquier otro tipo de argumento que se pretenda dar para autorizar la apertura de un nuevo plan de estudios. Quizás el hecho de trabajar para el gobierno volvió a Taba sensible acerca de la realidad social que vive la mayoría de la gente. Quizás ya estoy forzando mucho los paralelismos entre su vida y la mía. Quizás estoy, no sobreargumentando sino sobresuponiendo cosas que no son. En todo caso, cualquiera estará de acuerdo en decir lo fácil que resulta perderse en el confort y ligereza de juicio que suelen tener los que tienen el privilegio de vivir bien acomodados. Yo misma he dado clases a las personas de buena cuna y muchas veces he tenido esos deslices que acabo de criticar. Pero como la vida me quiere centrada y con los pies en la tierra, cada que abro mi cartera o veo mi modesto cheque quincenal recuerdo que mi lado está con la prole y me encolerizo contra la alta burguesía.
Marx diría que primero está la estructura, que la superestrura descansa sobre lo material. Así es, así ha sido y así debe mantenerse. Como docente privado Taba vivió la penuria de saber que tenía clases unos días y otros no. A lo mejor por eso cuando entró a formar parte del grupo investigador de Ralph Tyler, de quien continuó su trabajo, indefinidamente prolongó su estudio sobre cómo hacer un currículo. Fue trabajando para el gobierno americano, en específico para el reconocido "padre de evaluación", que Taba al fin, después de tanto sacrificio y esfuerzo, consiguió el prestigio del que hasta ahora goza después de muerta.
Tal como señaló Tyler en sus variadas obras, una enseñanza debe partir de objetivos. La instrucción debe saber hasta dónde parar, cómo reanudar y cómo conseguir las metas programadas para modificar actitudes, desarrollar habilidades e infundir conocimiento en la mente de los niños. Taba, siguiendo a Tyler, propuso algunas modificaciones a su programa. Así fue como nacieron los objetivos generales y los específicos, que en el plano curricular se entienden como el aparejamiento de los distintos porqués que van de lo macro a lo micro, de la carrera a la asignatura, de ésta a las unidades, y así hasta llegar al tema de clase.
Este desagregado de objetivos se motiva siempre con lo social. Es decir, no son objetivos inamovibles sino que dependen de las relaciones contextuales. El termómetro que mide a la escuela es su capacidad de respuesta a las necesidades de la comunidad. Por eso, dicho todo lo que mi ronco pecho había guardado en estos dos quinquenios, aún me sigo preguntanto, ¿realmente fue necesario abrir una carrera como Literatura en un medio donde los artistas viven de los bonos del gobierno? Y el mismo cuestionamiento aplica para mi "alma mater", pues con no pocos tropiezos me he levantado en el derrotero laboral donde me siguen preguntando en la blanca ciudad para qué sirve ser filósofo, mientras que en lugares más civilizados al filósofo se le emplea sin tanto temor ni recelo a su trabajo.
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