domingo, 2 de noviembre de 2014

El currículo oculto o la cuestión de los valores

En ciertas escuelas, cuyos nombres por razones de privacidad no diré, aunque dada la manera que tienen de comportarse bien les valiera que dijera una que otra verdad con "afanes meramente académicos y en aras del conocimiento" (de los ingenuos que entren allí a trabajar); se maneja el doble discurso del "acá se enseñan valores y moral cristiana" y lo que efectivamente se enseña, que ni son valores y menos la moral cristiana, pese a que carguen el crucifijo en el cuello o lo tengan en la puerta de entrada al colegio.
Muchas veces sucede que las instituciones promueven una defensa de los valores como si uno jamás los hubiera adquirido en toda su vida. Pareciera que la impartición de valores es privativa de las escuelas privadas, valga la redundancia. Pero así suele ser en los entornos donde los niños no viven con los padres y quedan abandonados con las niñeras en turno, los familiares cercanos, los vecinos, las amistades y cuanta alma samaritana quiera cooperar en la labor de la crianza de menores.
Esto hace que muchos jóvenes "privilegiados" en realidad tengan ambientes bastante difíciles y una educación poco edificante, dedicada más al "locus" externo que al interno. Entonces ahí cabe  promover una enseñanza basada en valores, porque se asume que niños así, no han tenido un diálogo abierto y franco con sus padres sobre cuestiones esenciales que les permitirá ser hombres de bien apenas tengan la edad para insertarse al campo laboral, ya sea como empleadores o como fuerza laboral.
Sin embargo, si algo se sabe de la humanidad es que repite patrones y que sigue una moral, que no es lo mismo que ética, pues la primera alude a modos y hábitos de comportamiento establecidos y socialmente aceptables. Mientras que la segunda se refiere a un conocimiento de razones, argumentaciones dadas desde la cátedra de la autoridad académica, que permiten al sujeto hacer elucubraciones sobre las debacles en torno al buen comportamiento que desde la época de Sócrates tanto ha impactado a la sociedad, como el derecho a la vida y las definiciones de la belleza, la verdad, entre otras.
Por tales razones, todos somos sujetos de actuación moral, ya sea que nuestro comportamiento sea adquirido a través de la socialización necesaria, viendo cómo actúan los demás o por la informalidad de la transmisión de la norma. Es por ello que un niño sabe que no debe caerle a trancazos al vecino cuando se molesta. Y cuando se molesta es fácil convencerle con un simple "no hagas lo que no te gustaría que te hagan". Eso cualquiera lo entiende.
El problema viene cuando tenemos que convivir con gente que se acostumbra al doble discurso, los que con la mano en el pecho hablan de amor y corazón, y con la izquierda dan el navajazo. Allí tenemos un serio problema. En el ámbito escolar sería, aplicando otro ejemplo, que el maestro exija a sus alumnos que estudien y hagan sus trabajos, y el primero que falte al mandamiento sea justamente él como autoridad académica.
No habría ningún problema si uno quisiera enseñar ética y valores cuando el entorno resultara amigable para ello, pero es totalmente perjudicial cuando las circunstancias son en exceso adversas. John Eggleston al respecto habló, ¡en el siglo XIX!, de la relevancia que cobran las esferas político, sociales y culturales en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Un niño no es ajeno al mundo de sus padres, sino que más bien aprende de lo que tienen que soportar sus progenitores en el trabajo. El joven ve y analiza el discurso interno que manejan sus docentes a través de sus gesticulaciones, las carraspeadas, las falsedades, el doblez, porque desafortunadamente también eso es parte también de lo que se enseña.
Lo interesante es que no deseándolo o como decía El Chapulín Colorando, "sin querer queriendo", hasta el más mesurado no podrá evitar que a lo largo de su discurso se le escapen sus particulares y muy propias posturas con relación a los temas más picantes del momento. La vida está llena de casos en los que se sabe que la maestra es homofóbica porque maltrata al alumno con ciertas inclinaciones afeminadas. O que el profe de Matemáticas tiene consentidos a los que pasa con calificaciones arriba de 90, mientras que a los demás, por ser "casualmente" morenitos y de cuna humilde, les exige un poco para que "se acostumbren a ganarse el pan". Gente así abunda. ¡Bueno fuera que se les pudiera denunciar ante alguna autoridad para que se les saque del aula!
Muy bien podría aconsejarse tener cuidado con el lenguaje no verbal y recordarse las declaraciones de los derechos de los niños y los adolescentes, las declaraciones de derechos humanos, pero también habría que incluir en la lista de recomendaciones para el docente la lista de los valores propios que muchas veces están ligados a las emociones y las vísceras, en vez de razonamientos sesudos y bien sopesados, y que a la menor provocación salen a relucir ante quienes están en formación todavía.
Sin duda, ser humano es complicado. Me gustaría remediar el problema que impera en las aulas de una vez por todas. Pero la única manera en la que podrá imperar el currículo planeado sobre el oculto, que es el tema que he venido comentando en esta entrada, es justamente a través de una actuación diáfana y transparente donde se evite, en la medida de lo posible, que los comportamientos malintencionados triunfen en la enseñanza.

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