miércoles, 5 de noviembre de 2014

Evaluación integral

Evaluar implica medir, juzgar, señalar tanto errores como oportunidades de mejoramiento. Evaluar es un arma para que los tomadores de decisiones corten cabezas cuando los números fríos así lo arrojan. Evaluar sirve para que los maestros saquen del aula a quienes no son competentes o aptos en el dominio de los saberes. Evaluar es un instrumento que usan las autoridades para dar y quitar recursos a las escuelas. Evaluar, ahora, es casi sinónimo de calidad.
En el diseño de un plan curricular se contempla a la evaluación como parte integral de un proceso que requiere de mejora continua. De hecho, se juzga pertinente que constantemente se hagan evaluaciones para conocer los defectos de previsión que se hayan tenido en el momento de la planeación. No tiene nada de raro que durante el curso escolar vayan saliendo, ya con los actores involucrados en pleno trabajo, los yerros que hagan flaquear al modelo educativo, sea esto por las contingencias internas del sistema o las externas, provenientes del medio ambiente en el que se desarrolla la enseñanza.
Toda labor humana, por lo mismo que es humana, es perfectible. Por eso es necesaria la evaluación, para que sobre la marcha se realicen las adecuaciones necesarias a fin de no lesionar el proceso formativo de los alumnos. Pero, y esto es lo que salta a la mente una vez planteada someramente la teoría que propone la academia, ¿eso es lo que tienen en mente los funcionarios educativos o los colegios particulares cuando deciden hacer una evaluación para medir la calidad?
En una institución educativa cuando se propone hacer una evaluación de la calidad de la enseñanza, se parte primero del aprendizaje obtenido por el alumnado. Si el alumno sale con calificaciones aprobatorias entonces se da por sentado que la escuela es buena y el maestro excelente, asumiendo que existe un círculo virtuoso en el que resultaría aberrante suponer lo contrario. En casos así, las pruebas estandarizadas cobran un papel relevante porque tienden a ser usadas como parámetros para hacer juicios de valor sobre la labor del docente. 
La otra opción que usan los administradores es la de evaluar al docente, ya por medio de la aplicación de cuestionarios de opinión que responden los alumnos al concluir un curso escolar o por observaciones y registros de labores que los administrativos realizan durante el curso escolar acerca del comportamiento del maestro. No es poco ético pedirle al alumno que conteste basándose en lo que piensa y que con ello se valore la actuación del docente. Hay bastantes teóricos que validan al alumnado como fuente confiable para medir si el profesorado tal como está  vale la pena repetirlo en cursos posteriores. En contraparte, no faltan quienes sostienen que los estudiantes no saben qué esperar de un maestro hasta que se topan con uno que les da lo que quiere. Generalmente ese tipo de maestro suele usar medios poco ortodoxos para asignar calificaciones, basándose en muchos casos en las impresiones subjetivas que recoge en el aula. Mas no faltan casos en los que los cambios son favorables y al alumno logra remover a un inepto por un docto en la materia.
El panorama anterior causa cierto escozor en el magisterio porque lo que muchos se preguntan es qué quiere un alumno de su docente. Desde una postura romántica se podría pensar que los estudiantes anhelan a una persona que se interese en su proceso socioformativo y le permita ir mejorarando a su propio ritmo para ser un ciudadano de provecho que pueda integrarse en la sociedad de manera democrática, civilizada y con afanes de servicio público. Pero dependiendo de los contextos sociales y las carencias económicas o solvencias, dado el caso, de las dimensiones de vida, de la educación con la que sale de casa, entre muchas otras cosas más que son parte del proceso de la vida misma, no faltará el discente que vea con buenos ojos que su maestro sea "un barco" (como mexicanamente se dice), que solamente se limite a hacer un registro de asistencia, haga la simulación de una clase y con un mínimo de rigor al evaluar apruebe a su aula entera dándoles calificaciones que estén por arriba de la media. 
Una tercera opción es que la autoridad evalúe con base a sus propios parámetros establecidos por ella misma, los cuales resultan ser que la mayor de las veces solamente son del conocimiento de la mesa directiva si no es que la mesa se reduce a una sola persona que toma decisiones. Dependiendo de la filosofía educativa que se asuma, del perfil interno que se maneje sobre el docente, de las expectativas supuestas en el proceso de instrucción, de los resultados obtenidos, de las posturas cognoscitivas o racionalidades desde las cuales se parta; dependiendo así, en general, de una y mil variables es que una escuela es de calidad.
Muy raramente se usa la consulta popular para medir la efectividad de una escuela. Ahora los medios de comunicación han hecho de la educación el tema favorito para la polémica de cafetería. Pareciera que ya no hay más guerras que pelear o que las historias del día se agotan y resumen a las cuatro paredes donde se produce la enseñanza. Esto es bueno y alentador por un lado, ya que demanda efectivamente que se realicen evaluaciones periódicas para que los niños y jóvenes tengan un mejor porvenir. Por otro lado, resulta lamentable para quienes sí saben de docencia escuchar que cualquier advenedizo se ponga a opinar con ligereza en cuestiones que de suyo son complicadas.
A efecto de proponer una solución decisiva al respecto, teóricos como Robert Stake proponen que se realicen evaluaciones integrales que vean las mil caras de la enseñanza. Y así como él hay varios más que desean una evaluación holística que valore el esfuerzo del maestro en su continuum, y no de forma definitoria bajo criterios tan insalubres y poco claros como los descritos en líneas anteriores.
Una evaluación holística, sin duda, demostrará cosas de verdad importantes que son las que hay que cambiar. Hay que cambiar al docente que no se interesa por enseñar y solamente simula. Al que hace planeaciones a la ligera sin actualizarlas o sin justificar su proceder. A los administradores que favorecen a un gremio magisterial en perjuicio de otros y de los mismos alumnos. Al alumno que evade su responsabilidad y se cobija en marcos legales para no aprender. ¡Hay que sancionar a todos aquellos a los que no les importa perfeccionarse, porque es una obligación ser mejores que nuestros padres y los padres de nuestros padres! Pero también hay que premiar, y en eso andamos...


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